10 mar 2010

Canelo

Es un doliente…solitario, triste, un huérfano. Su pelo, ¿cómo describirlo? Ahora tiene varios colores, dorados, oscuros y los que dan origen a su nombre.

Llegó a la puerta del" Hospital Puerta del Mar" hace ya mucho tiempo según cuentan las gentes del lugar, siguiendo a la ambulancia que llevaba a su amo enfermo, permaneció a la espera en la misma puerta por donde vió ingresar al enfermo, días… noches, semanas, meses, pero su amo ha salido por otra puerta, la destinada a los muertos y de eso hace ya varios años.

Canelo espera, personas sensibles le han llevado a sus casas, pero Canelo regresa a la misma puerta del Hospital Puerta del Mar.

En las noches los empleados del Hospital ponen cartones para que Canelo duerma. Las tiendas de víveres le proporcionan agua, pero Canelo nunca se aleja mucho del lugar, espera a su amo, quien debió ser muy especial con Canelo, o tal vez sólo lo normal, es que Canelo, como digno representante de su especie, es noble y leal.
Hoy me saltaron algunas lágrimas; Canelo estaba en la puerta de una tienda, echado en la acera y su hocico en el escalón…quería agua…agua fresca y limpia, era una mañana tibia y luminosa, el sol resplandecía- pero no calentaba- hermosa mañana otoñal en Cádiz; Canelo es serio, me incliné y le hablé, se echó sobre mi pié, restregó su hocico y levantó su manita, movió la cola, respondía a mi saludo, luego levantó su carita y creo que sonrió.

Canelo espera siempre…en las noches cuando salgo del Hospital y lo veo en el suelo, acurrucado y serio… me duele el frío (el suyo y el mío) este frío hondo que te llega hasta el alma, y quiero darle abrigo ¿o darme abrigo? Me identifico con Canelo, ahora tengo algunas cosas en común con Canelo…hasta el color del pelo, su orfandad y su espera.

P/D te mando este relato vivido en primera persona, la historia es larga, el perrito vivió así 14 años, hace varios años ya viejo y ciego, lo atropelló un coche y murió, en la calle aledaña al Hospital, se puso una placa en bronce en su honor y esa calle peatonal lleva el nombre de Canelo

María E.

9 mar 2010

El más bello paraíso es la infancia
R. M. Rilke

EL BUHONERO

Cuando en Bórmigos aparecía el buhonero, aquello era una fiesta para los niños. Llegaba por el polvoriento camino del Cañaveral, con sus zapatos rotos, tirando del ronzal de un asno cenizoso de ojos castaños que miraban tristemente. Pero aquella tristeza del asnillo no se me colaba entonces por el alma. Debía de quedar retenida en el filtro de la ingenuidad de mis pocos años y sólo he podido rescatarla mucho después, cuando el tiempo colocó las cosas en su sitio y aprendí a escarbar por debajo de la alegría de su visita, para hacerme preguntas: ¿De dónde vendrían aquellos hombres? ¿Cómo vivirían con tan escasa ganancia? ¿Qué habrá sido de ellos?.

Pero para entonces los buhoneros ya habían dejado de pasar por Bórmigos y yo me había convertido en una mujer. Hasta ese momento las cosas me parecieron mucho más amables.

Aquel buhonero, alto y enjuto, del asno gris era uno de los muchos que llegaban al pueblo y, no sé por qué, el que más grabado se quedó en mi memoria. Pero había otros, como uno que empujaba un viejo carrito de ruedas verdes y tocaba un silbato anunciando su llegada. Llevaba este buen hombre un sombrero de fieltro, sucio y raído, y tenía un ojo blanco, perdido en quién sabe qué tristes circunstancias. Cuando nos entregaba los obsequios nos miraba, el pobre, con su único ojo, vivo y profundo como un pozo sin fondo.

Llegaban los buhoneros, repartidores de sueños, con sus cestas de mimbre llenas de baratijas, codiciadas delicias de niños pobres: anillos de hojalata, relojes de metal brillante, globos de colores: azules, blancos, morados. Hasta platos de cerámica y cuadros de santos, enmarcados por las esquinas con papel satinado.

-¡Niños, el traperooooo!

Y recuerdo a Mariquilla la Paniza, con la reja oxidada de un arado viejo, a la tía Ignacia, llevando un revoltijo de guiñapos descoloridos y, sobre todo, a mi primo Carlos, que saltaba la tapia del corral en el que los ferroviarios guardaban la chatarra de las vías del tren, y volvía luego con los bolsillos llenos de tirafondos rotos, para el trueque mágico.

Ni los más lujosos escaparates de las tiendas que vi después en la ciudad me proporcionaron nunca tanta alegría como la cesta de aquellos vendedores peregrinos. El primer reloj de mi vida se lo cambié al buhonero del borriquillo gris por unos trapos viejos. Estaba hecho de chapa reluciente, con unas agujas azules que marcaban, invariablemente, las nueve menos cuarto porque en los maravillosos relojes del buhonero el tiempo y la eternidad eran la misma cosa. Me sentía tan feliz con aquella baratija que subía disimuladamente la manga de mi blusa para dejarlo ver.

Y hasta no hace mucho tiempo, en una repisa de la que fue mi casa, hubo dos platos que mi madre le compró un día al buhonero. Dos platos blancos de tosca cerámica con una franja amarilla sobre el borde y un gallo de colorines en el fondo, como saludando al alba. Allí los tuvo ella toda la vida y allí permanecieron luego varios años después de su partida, solos y polvorientos, como dos humildes vestigios del pasado, huérfanos ya de la mano que los cuidaba.

¡Ay, pobres buhoneros de mi infancia, huéspedes del camino! ¡Forjadores de ilusiones maltrechas por el tiempo! Se marchaban por el mismo camino del Cañaveral, en las mañanas azules o en las tardes rosadas y se perdían luego, a lo lejos, entre un dulce sonido de esquilas, cobijado en el viento.

Pasaban muchos buhoneros por Bórmigos pero ninguno como aquél del asno gris de mirada triste, cuyo grito me parece oír todavía cuando cierro los ojos.

-¡Niños, el traperooooo!

Alondra
HAIKU
Lo primero, explicar que un Haiku es como un poema pero de arte chino o japonés que tiene que tratar de la naturaleza, y sus versos no tienen por que rimar.

Una mañana de sensaciones

Manantial de agua
Cristalina que brillas
Como el oro.

Allí en el lejano
Horizonte donde el
Sol se esconde.

Viendo lindos algodones
de azúcar danzando
por el cielo.

El viento murmuró,
Las flores bailaron
Una alegre canción.

Unas nubecitas
Lloraron y todo
Se entristeció.

Pero el grandioso
sol les venció
y todo iluminó.

Las nubes felices
sonrieron y las
flores cantaron.

llegaba el frío otoño
y un manto amarillo
cubrió el campo.

El cabello de
los árboles esparcido
por los suelos.

Barquitos de hojas
nadando en los
estanques helados.

El arcoiris brotando
en el lejano
Horizonte.

los jardines llenos
de colores,
pájaros voladores.

Gema
Libertad, nombre de mujer


La libertad tiene nombre de mujer Porque cuando transita por los áridos territorios del dolor, de la desolación y el martirio. Es invencible.
Porque cuando los recuerdos, aturden con imagenes que han humillado su presencia y su ser. Se levanta con vigor.
Por ese ayer, cuando la tristeza y el llanto amargo cubrieron de niebla, hoy se empeña en alzar el vuelo.
Porque vivir es la meta, aún en el umbral de los lamentos, su porfía continua en pie de lucha.
Porque sus lágrimas, que no duermen, están en el dolor infinito.
Porque sus manos siguen tejiendo el abrigo que ha cobijar la Paz en sus regiones.
Porque sus pies nos descansan recorriendo las cárceles, tocando puertas que se cierran una y otra vez, clamando ante la in-justicia internacional.
Porque sus oraciones no decaen, ante tanta impunidad , barbarie y falta de voluntad política.

Porque sus hijos mantengan la imagen de ese padre, que debió partir en forma inesperada y para siempre, entre lágrimas de dolor, sin despedidas, ni abrazos.
Porque sus frías noches, sin él, se hacen más eternas, los sanguinarios se han encargado de violentar el amor y la entrega de una pareja inexistente, de la que queda solo el fantasma enamorado.
Porque sus largas horas de trabajo, hacen cada día menos sustentable sobrevivir ante tanta carestía.
Porque en las distintas geografías, sigue siendo pilar fundamental de todo desarrollo, sin su presencia, sin su contribución, esta razón de lucha habría quedado como tantos proyectos… Solo en papel.
La Libertad tiene nombre de mujer, porque en cada una de ellas esta la vida y la continuidad de la raza.
Porque cuando el corazón, no se encierra en el llanto, ni en el duelo, una mujer continuará entonando con labios desnudos una canción de esperanza...En Palestina o en Nicaragua, en Afganistán o en Perú, en Venezuela o en la India, en la frialdad del Tibet o en el calor tropical de Cuba, de mi Temuco ancestral y de aquellas que no tienen ni siquiera un hogar donde cobijar sus penas y lamentos...En ese Chile que hoy pisoteado por la crueldad de los sismos, sigue adelante, sigo pensando, que siempre estará una mujer defendiendo el alimento para sus hijos, ante la mirada sin misericordia de los poderosos; los foráneos invasores y los nuevos ricos seudo revolucionarios que crecen a merced de la miseria de su propia gente...
Un abrazo a cada mujer mujer en el mundo , a cada una de mis hijas, a cada de sus madres y por supuesto a mi progenitora, una humilde luchadora de siempre...
A cada una de las mujeres que hacen posible a través de sus letras, enrumbarnos hacia la construcción de un mundo más justo, más noble y más humano.

Urra Silva
LA DOBLE APARIENCIA DE NUESTRO AMOR




Seudónimo: Cándida


Amor:
Como en cada día de mi cumpleaños, he recibido tu ramo de rosas. Treinta y seis rosas rojas, hermosas, como sólo la naturaleza sabe crearlas y tú elegirlas. Las retuve con tanta emoción contra mi pecho que los pétalos, delicados y tersos, se mancillaron con la sangre que brotaba de mis manos.
Hasta lo más perfecto tiene doble faz, la rosa no iba a ser la excepción. Por un lado, la belleza suprema de su cuerpo; por otro, las espinas protectoras de sus tallos contra los apasionamientos excesivos. Como nuestro amor.
Porque el nuestro fue así, de doble apariencia. A un extremo, tú, intentando disimular, te dejabas arrastrar por mis caricias y mis zalamerías por el pavor que tenías a que fuera descubierto tu más profundo secreto. Al otro yo, agobiándote con mis vehemencias amorosas porque te quería tanto que en mi mente no cabía la posibilidad de no ser correspondida.
A distancia se situaba ella, vigilante, inquisidora, sabedora de tu pesadumbre, aunque jamás te tendiera una mano. Tenía la convicción de que yo, la víctima, sabría cambiar tus tendencias sexuales.
Cuando en el segundo aniversario de nuestra boda me confesaste tu secreto mejor guardado lo tomé a broma porque me habías acostumbrado a un amor apasionado, pleno de mimos, de caricias, de tocar el cielo con la punta de los dedos cada vez que me tenías entre tus brazos. No podía creer que todo aquello que fuera fingido, que todo formara parte de un plan maquiavélico para lograr, a mi costa, ver hechos realidad tus sueños.
Me costó mucho esfuerzo creerte. Me ocasionó más sufrimiento comprenderte, asumir que habías vivido, desde que fuiste consciente de tu diferencia, en el peor de los infiernos. Y mi corazón me susurró que tú también eras una víctima y tenías derecho a ser feliz.
Cuando tu madre vino a reprocharme mi falta de arrestos de mujer para retenerte, supe que ella había sido cómplice del engaño. A ti te dejé marchar sin un reproche; sin un lamento; con mucho dolor. Cuando partiste, llorando te deseé suerte en tu nueva singladura; aún más, te hice ver que ésta sería siempre tu casa para que volvieras si tu nueva relación no cubría tus expectativas; con tu madre te sería imposible regresar. Añadí que equivocarse era de sabios, podías haber errado al tomar esa decisión, o quizás- quién lo sabe- podía ser un error mío facilitar tu huida al no emitir sola una queja.
Con ella fue distinto, con tu madre actuó la fiera que llevo dentro. No podía irse de rositas. No, amor, no lo podía consentir. No quise que se fuera de mi vida sin haber oído lo que tú deberías haberle dicho. Y me investí en tu vengadora. Porque tú tenías un problema que resolver y no recibiste su ayuda; porque yo desconocía la trama y fui la perjudicada. Y le pregunté: “¿por qué me ha usado como bayeta limpia honores si lo único que he hecho en esta vida ha sido quererle hasta dolerme los huesos?” Y se rió en mis narices. Me llamó lerda, deficiente mental y algunas groserías más que no te voy a contar porque te haría sufrir aún más. Entonces fue cuando, despacio, muy despacio, como el que reza una oración al dios contrario, le dije todo cuanto me vino a la mente. Le hice ver cómo un ser humano cuando nace espera recibir de su madre toda la ayuda necesaria, toda
la educación posible, no para ser el más hombre, el más alto o el más guapo, si no para ser la persona más feliz del mundo. Ella, a ti, que te parió tal como eres, lo que hizo fue poner guijarros en tu camino para dirigir tu tendencia sexual a su gusto y, eso, había sido su empresa fallida.
Le dije, también, que entre tú y yo no mediaba el rencor, quizás en mi pecho albergaba el dolor de no haber sido la persona más adecuada para ti. Porque, el amor de verdad, el amor desinteresado, el que no pretende recibir nada a cambio, el que no pasa un platillo tras una caricia bien realizada, es inmortal. Y ese es el que nos une a los dos. Yo, porque aún me estremezco cuando me llamas para desearme las buenas noches. Tú, porque, a pesar de la relación que vives- con todo el derecho del mundo-
sigues considerándome tuya como cuando nos dimos el primer beso y aún no habíamos cumplido los dieciséis años.
Lo de él fue distinto. Cuando llegó hasta mí, primero exigiendo, después pidiendo, finalmente suplicando que te olvidara, que no me mezclara en vuestra relación, sentí deseos de reír, de protestar y de consolar a aquella persona que aún no había captado la realidad de nuestro cariño. Y hablamos.
Nuestra conversación- si se puede llamar así a que yo hablara y él escuchara entre sollozos- duró casi cuatro horas. Supo de mis labios lo que había sido nuestra vida durante los años que duró lo nuestro, entre noviazgo y matrimonio. Cuando me suplicó que te olvidara, que él no podía vivir con la sombra de un antiguo amor sobre sus hombros, le hice comprender que tú eres para mí el aire que respiro, el agua que bebo, el sol que sale cada día; pero yo sigo siendo para ti la misma de siempre, tu mejor amiga, tu hermana, la mujer que más has querido en tu vida y a eso no te debería obligar a renunciar.
No, ese no era el mejor camino para hacerte feliz, le dije. Amar significa comprensión, desprendimiento, dar a cada uno el lugar adecuado para continuar, para seguir amando. Si él, para amarte, exigía que rompieras nuestra amistad y olvidaras tu vida anterior, lo consideraba un mal comienzo. Le rogué que aceptara el amor que me tienes, que no es el que yo hubiera deseado, pero sí es el mejor que me puedes dar. En nada perturba vuestra relación, incluso la engrandece.
Para llegar a esta conclusión- le dije- había pasado muchas noches de vigilia, muchas horas de ayuno, meses desatendiendo los gritos de mi otro yo, el rebelde, que me pedía que me arrojara al vacío porque ya no tenía otra opción.
Pero yo, incrédula en lo trascendental- continué – me aferré a mi irrenunciable convicción en la valía de los hombres. De todos los hombres, incluso del que acababa de hundirme en el más profundo de los pozos. Y desde esa oscuridad tan aterradora, desde ese buscar sin ver la salida, grité, expulsé mis demonios interiores, giré el rostro y miré hacia arriba y descubrí que, a lo lejos, casi inalcanzable, se divisaba una luz que podía ser mi salvación. Y me puse en tu lugar intentando descubrir, intuir, qué habría hecho yo si me encontrara en tu situación.
Y empecé a trepar, paso a paso, metro a metro, con mucho amor y más comprensión, y concluí que seguiría queriéndote, pero, en adelante, no te pediría reciprocidad.
Al marchar, tu chico me besó en el rostro y me abrazó. Me dijo que comprendía mucho mejor las cosas. Te sabía un ser excepcional, por eso se había enamorado de ti, pero desde esa tarde reconocía que eras el ser más afortunado del mundo y no por quererle a él, sino por tenerme a mí. Acabamos llorando los dos.
Disfruta de todo lo que te ofrece la vida, amor. El chico es majo, algo inmaduro, pero eso se enmienda con el paso de los años. Quiérele y respétale como quisieras que él lo hiciera contigo. Y recuerda que, aquí, al otro lado de tu vida, continúa reinando la esperanza.
Tuya siempre: Esperanza
YO ÁRBOL

LLORAN LOS ÁRBOLES SUS LÁGRIMAS AMARILLAS,
ENTRISTECIENDO CON ELLAS LAS CALLES DEL OTOÑO.
DESNUDAN SUS RAMAS PARA UNA LARGA ESPERA,
HASTA QUE LAS FLOREZCAN UN AMOR EN PRIMAVERA..
YO NO SE PORQUÉ TE ESCRIBO AMIGO ARBOL,
QUIZA PORQUE ENVIDIE EL CONSUELO QUE TIENES EN TU RUTINA,
O QUIZÁ, PORQUE TU TAMBIEN COMO YO,
LANZAS TU POLEN AL AIRE,
SABIENDO QUE MORIRAS SIN VER EN QUIEN GERMINA.
¡¡ AY !! ... ¿ CUAL SERA LA RAMA QUE EN MI PRIMAVERA ?,
ME DE PAZ Y SOMBRA CON MIS PROPIOS FRUTOS.
¿ QUIEN SERA LA SEMILLA QUE ALGUNA VEZ VEA ?
QUE YO TENGO ...SOL ...SOMBRA ...AGUA ...TIERRA ...
Y EN MI CORAZÓN ...... EL SURCO

Rolando Dumas (Argentina)
LIBROS VIVOS


Finalista premios Canal Literatura, 2005
Y el verbo se hizo carne
y vivió entre nosotros
Juan 1:14

La vida era la luz de toda la gente
Juan 1:4

Un sordo estertor de libros fue lo primero que Ana y Carlos escucharon al abrir la puerta de su casa tras unas largas vacaciones. Encendieron rápidamente la lámpara de la entrada para separar la luz de las tinieblas, afinaron el oído y esperaron a ver si no se trataba de una alucinación auditiva. Entonces les llegó el sonido de nuevo, esta vez con absoluta claridad. Se miraron el uno al otro sobrecogidos, temerosos de que fuera lo que temían y sin cruzar palabra tiraron el equipaje en el umbral, corrieron hacia el fondo de la casa a través del elegante corredor, que les pareció larguísimo por la angustia, y al final titubearon unos segundos frente al inmenso portón de la biblioteca antes de abrirlo de par en par con un firme empujón.

El quicio de la puerta dejó escapar un chirrido, agudo, lento, aterrador. Ana y Carlos se hundieron en una segunda oscuridad, aún más profunda y tenebrosa. El deslizó la mano cuidadosamente sobre la pared derecha hasta dar con el interruptor, y una pálida claridad se derramó sobre los estantes. Ante sus miradas incrédulas se impuso un espectáculo tan dantesco que tuvieron que apoyarse contra la puerta para contrarrestar el vértigo del horror. Durante su ausencia muchos libros habían sufrido daños quizás irreversibles por falta de caricias. Allí yacían con las páginas gravemente desatendidas los tomos de Plutarco, Virgilio, Lope de Vega, Víctor Hugo, Shakespeare, Tolstoi, Stendhal, Poe, Rulfo, Borges... Ana se atrevió a formular la pregunta que ambos hubieran preferido evitar.

–¿Será que… todos?
–Esperemos que no –fue la respuesta de Carlos.

Sin perder un segundo se apresuraron a abrirlos uno por uno, a tocarlos, a sopesarlos, a acariciarlos, a leer fragmentos repitiendo a veces entre labios y siguiendo cada línea con el dedo índice, que es como más les gusta a los libros que los lean porque así les hacen cosquillas los niños. Los bajaron delicadamente de sus lugares, les sacudieron el polvo tóxico del olvido, abrieron todas las ventanas para que les entrara el perfume revitalizador de sus ancestros los árboles, les dieron masajes de resurrección en el sillón de leer, en la mesa del estudio y hasta en un escritorio improvisado con cajas de cartón. A los más graves los atendieron en la cama, bajo una luz de neón que permaneció encendida veinticuatro horas al día a partir de ese momento.

Sin concederse un instante de tregua Ana y Carlos leyeron, deletrearon, revivieron líneas mágicas que iluminaron los rincones más oscuros de su imaginación, viajaron a lugares extraordinarios, a ciudades que jamás habían visto, y así llegaron a conocer lo más recóndito del corazón humano. Se extraviaron en intrincados laberintos habitados por Minotauros, escaparon de la tierra de los cíclopes y de la furia de los titanes, visitaron tierras lejanas y misteriosas donde hubo una vez un rey, sucumbieron al hechizo de los castillos encantados, aspiraron la fragancia de los bosques embrujados, contemplaron el mundo desde un globo y a las más exóticas criaturas del fondo del mar desde un submarino, se elevaron hasta el cielo de los ángeles y fueron más allá, miraron la cara oculta de la luna, conocieron los planetas habitados por baobabs y flores caprichosas, tocaron las estrellas de distintos colores, llegaron hasta los remotos confines del universo y aprendieron a conjugar el pretérito imperfecto, el pasado compuesto de todos los aciertos y los errores humanos, y hasta el futuro condicional.

Poco a poco desaparecieron los gemidos, los crujidos, los estertores de las páginas, los aletazos de las hojas moribundas, y fueron reemplazados por aquel apacible silencio de los libros cuando reposan sanamente leídos sobre un estante. Los tomos de Aristóteles recuperaron su retórica, los de Julio Cortázar su desmedido amor por el juego y los de Carl G. Jung volvieron a tener aquel aspecto de niño curioso e inquisidor que los había caracterizado siempre. La casa entera se fue llenando de una chispeante alegría de páginas leídas, de historias recobradas, de voces recuperadas, de cánticos antiguos.

Al cabo de unos días Ana y Carlos habían pasado tanto tiempo dedicados a la labor de resucitar los libros, que se olvidaron por completo de sí mismos. Entonces Ana, quien tenía la constitución más frágil de los dos, cayó desmayada en medio de la biblioteca.

–Creo que se intoxicó de poesía –dijo desde su estante Rimas, narraciones y leyendas.
–A lo mejor se está convirtiendo en un enorme escarabajo –opinó La metamorfosis.
–Lo que pasa es que Ana pertenece a una estirpe condenada desde siempre y para siempre a los desmayos –dictaminó Cien años de soledad.
–Maktub, estaba escrito –opinó de forma solemne El Corán.
–Debe ser una cosa pequeña. Las cosas pequeñas siempre tienen importancia; suele ser por las que uno se pierde –diagnosticó Crimen y castigo antes de abrirse por la mitad para bostezar de hambre.

–¡Hambre! –dijo Carlos a la vez que se daba una palmada en la frente. En ese momento cayó en cuenta que habían olvidado por completo alimentarse, así que apenas ella recobró un poco el sentido le dio de comer y de beber, y luego apuró unos cuantos bocados para no ir a desmayarse él también. Cuando Ana al fin se sintió mejor miró hacia cada uno de los estantes y sonrió feliz al ver a todos los libros en perfecto estado de salud. Carlos le acarició con suavidad la mejilla.

–¿Nos sentimos mejor?
–Mucho mejor, mi vida. Gracias.

Pero el gesto de paz en el rostro de Ana se transmutó en cuestión de segundos en uno de preocupación. Abrió los ojos de forma desmesurada y dijo:
–Las maletas. ¡Las dejamos en la puerta y se nos olvidó cerrar!
–¡Qué importan las maletas!, a donde vamos a ir, no las necesitaremos –dijo Carlos dejando que ella leyera en el alfabeto de su rostro una intención hermosa e insensata. En ese momento Ana lo comprendió todo y en sus ojos brilló un gesto cómplice. Allí mismo hicieron el amor con metáforas, sin acotaciones ni paréntesis, totalmente ajenos a las nociones del tiempo y del espacio. Por eso no se dieron cuenta cuándo ni de qué manera se fundieron en un rítmico resplandor, en un tibio arpegio de frases hermosas, de parábolas, de versos.

Entonces fue como si, convertidos en dos gotas de idéntico brillo, se hundieran en la tierra sólida, redonda, atónita y oscura y la atravesaran por completo en el vuelo instantáneo de su sueño, desprendiéndose de ella, haciéndose destello de pureza camino al resplandor de la vía láctea, para confundirse al fin con el susurrante mar lumínico del universo.

Así la vida regresó a la luz y la carne volvió a ser verbo.

Margarita Borrero


***

7 mar 2010

HILVANES DE OLEO





El cuadro es un óleo de mi amigo Paco Martín Iglesias de Sequeros, (Salamanca), titulado Hilvanes de óleo al que le ha añadido el siguiente poema:

I

Asomado a la ventana de mi pasado

he visto retroceder el tiempo

hacia luces de otros atardeceres…

He vuelto a ver hilvanadas,

marcas de jabón entre alfileres

con el olor a ropa limpia de algún estreno.

He notado la presencia de dos mujeres

y el óleo y los pinceles

se me han llenado de besos…

Francisco Martín Iglesias

Y luego otros amigos le hemos seguido componiendo versos a la vieja máquina, hilvanes de versos, en memoria de dos mujeres entrañables.

II

Una ventana, una trascendencia

la posibilidad de salir, de escapar.

Mirarla, observarla

permite nacer a la realidad,

como escribir…

Un conjunto de esperanzas

que completan un lenguaje

siempre, siempre tan escaso.

Jorge Pedro Anllo

III

El gato ya no está sobre el tejado.

Se marchó una mañana de otoño

con la mujer que manejó la máquina

zurziendo el desgarrón del tiempo roto

devanado en la canilla mágica

deshabitada de hilos de bordado

para pintar bodoques en la sábana

que le arropó los sueños desvelados,

huidos a través de la ventana.

La rueda está esperando la caricia

Íntima y entrañable de la mano

que a vueltas remendaba la injusticia

con la aguja, tal vez, desenhebrada.

Mercedes Blanco

IV

Agazapada junto a la ventana,

levantas la cabeza ennegrecida

como si comprendieras que la vida

se escurre de la noche a la mañana.

El tiempo, detenido con desgana,

dejó en tu geometría sus heridas

que la mirada acoge dolorida

de saberse tan frágil y tan vana.

Ahora, abandonada en tu rincón,

tal vez añoras la mano delicada

que tu rueda giraba con amor.

Quedó mustia la tela adamascada

y los hilos de variado color

con que la abuela cosía entusiasmada.

A. María R.

A Paco le encantaría que siguierais componiéndole poemas a esta máquina

NORMAS DEL CONCURSO LITERARIO

Buenas noches a todos:
Estamos recibiendo los primeros relatos y poemas para el concurso literario y necesitamos poner algunas normas para que todos tenga la misma linea y se adapten al espacio que tenemos.

Las Normas son las siguientes:

1.- El relato debe ser de vuestra autoría, pudiendo ser en prosa o en verso.
2.- El tema es libre, quedando excluidos los temas de religión, sexo y política.
3.- El relato debe ser breve, la medida no debe sobrepasar tres página en Word a Time New Roma tamaño 12.


Como veis las normas son pocas y fáciles de cumplir.
Esperamos vuestras colaboraciones en sevigena@hotmail.com , poniendo en el asunto "CONCURSO LITERARIO"

6 mar 2010

EL CHICO DEL ANUNCIO

Todos los días escribir tres ideas, tres personajes y un paisaje, para luego mezclarlos en una coctelera y con la tercera idea del segundo día, el primer personaje del cuatro día y un paisaje del primer día, confeccionar un relato de folio y medio, ¡como si fuera tan fácil¡
A mí se me ocurren relatos, pero no con el personaje del segundo día, con la idea del cuarto, etc. Veo a una pareja de músicos en el metro y escribiría sobre ellos, pero no situándolos fuera del entorno en que me los encuentro.

EL CHICO DEL ANUNCIO

Así por ejemplo aquí tengo un relato que no tiene nada que ver ni con las ideas, ni con los personajes ni con los paisajes de ningún día, sino que me ha salido así como así.
Estando en el andén del metro y mientras esperaba que llegara el convoy, que tardaba, por cierto más de lo habitual, me fijo en el cartel que tengo enfrente, donde un chico estupendo de mirada lánguida, rubio con raya al lado y pelo engominado, ojos oscuros y tenue barba, como de no haberse afeitado para posar, de estilo muy inglés, me miraba insistentemente y cuando quiero apartar la vista me resulta imposible, tal es su magnetismo. Lo que más me atraen son sus labios carnosos y esa sensualidad que irradia recostado en un magnífico sofá de piel, con su traje impecable, que es precisamente lo que pretende vender.
Tan extasiada estaba contemplándole que no me di cuenta que llegaba el tren y se me cerraron las puertas en mis narices, por lo que tuve que continuar allí plantada esperando el siguiente. Entro en el vagón pero mi mirada sigue fija en él, hasta que el negro túnel me traga.
Al llegar a la siguiente estación lo primero que veo es el dichoso anuncio y lo mismo en la siguiente y en la otra y en la otra, todas las estaciones están llenas del chico del sofá que me mira insistentemente cada vez que paso. Porque no me cabe duda de que es a mí a quien mira y no sólo me mira, sino que yo creo que incluso me sigue con la mirada hasta que el vagón desaparece. Cuando he llegado a mi estación estoy tan obsesionada por el modelo en cuestión que creo que voy a soñar con él.
Llegó a casa y allí está en el sofá, en mi sofá, que no es de piel chéster, tan inglés en el que estaba recostado en el metro, pero que también es muy cómodo. Está tal como en el anuncio sentado lánguidamente sin habérselo movido ni un pelo, sin una arruga en el traje, con su pajarita perfectamente anudada y su chaleco. Me mira y me sonríe y ahora estoy segura que era a mí a quien miraba en todas las estaciones y que no eran ilusiones mías, me sonreía.
- Hola, me dice con una voz dulce pero varonil, una voz que acaricia.
- ¿Qué haces aquí? – le pregunto
- Quería tomar una copa contigo y como no he podido hablarte en todo el trayecto que has recorrido, he pensado que lo mejor era venir a tu casa.
- ¿Y cómo has llegado?
- Ya ves. Solo hay que desear una cosa para que suceda ¿Tu no querías pasar un rato conmigo? Pues tu deseo se ha hecho realidad y aquí estoy. ¿Tomamos una copa de champan?
- No tengo, en todo caso una Coca-Cola laight o una cerveza sin alcohol.
- Tu ponte cómoda.
Se va a la cocina y al momento aparece con un carrito en el que hay una botella de champan, un par de copas y un cestillo con fresas. Ante mi asombro sonríe, descorcha la botella con suma elegancia, sin ruido y sin que el tapón se cargue un cristal de la lámpara y escancia el rubio líquido en las dos copas
- Por nuestro encuentro.
- Porque no olvides nunca este día y para que no dudes que las cosas que se desean ardientemente siempre suceden. Hay sueños que a veces se cumplen, los sueños bonitos.
De repente todo desaparece, el carrito, las copas, el cesto de las fresas, y el chico, entro en casa y no hay nadie en el sofá. Todo esta oscuro hasta que enciendo la luz. No hay nadie en sofá, los cojines desordenados como acostumbro a dejarlos y todo igual que cuando salí por la mañana.
Al día siguiente cuando bajo al andén del metro nerviosa porque voy a volver a verle, me encuentro que han desaparecido todos los carteles de la estación. Llegó a la siguiente y lo mismo, y lo mismo en la otra, y asi en todo el trayecto. Cuando salgo del vagón en mi estación de destino, sorpresa veo un cartel, pero ¡!Falta el chico de mirada lánguida¡¡ aparece en blanco el sitio del sofá donde él estaba ayer sentado. No puede ser. ¿Me estaré volviendo loca con tanto inventar historias?. Pero al subir las escaleras me cruzo con él, porque es él, me mira, me sonríe, me guiña un ojo y desaparece.
Carmen Navarro